Fri Mar 23 01:00:00 CET 2018

Intervención del presidente de la Xunta en el nombramiento como Embajador de Honor del Camino de Santiago de su Majestad el Rey Don Juan Carlos

Santiago de Compostela, 23 de marzo de 2018

Majestad,
autoridades presentes,
señoras y señores.

Alguien podría pensar que esta distinción de Su Majestad El Rey Don Juan Carlos como Embajador de Honor del Camino de Santiago, es redundante. En parte es así, porque Don Juan Carlos ha sido y sigue siendo el mejor mensajero de la Ruta Jacobea y sus valores.

Nadie como él sabe transmitir lo que implica esta tradición siempre actualizada que sintetiza los mejores valores de Galicia, España y Europa. Nadie entiende mejor que él, que nuestra tierra es la proa de una nave que surca la historia con un bagaje de ideas de valor universal.

Don Juan Carlos ya es nuestro embajador. Sin embargo, es oportuno subrayarlo en el año que celebramos el XXV aniversario de la Declaración del Camino como Patrimonio de la Humanidad, y en un tiempo donde el proyecto europeísta sufre uno de esos vaivenes que jalonan su existencia.

El Camino es sinónimo de Europa, y Europa es una pasión permanente del Rey Don Juan Carlos.

En un discurso lejano en el tiempo pero próximo por su contenido, pronunciado ante el Consejo de Europa en 1979, Su Majestad mencionaba la trilogía de valores europeos: humanismo, diversidad y universalidad.

Son valores que siguen plenamente vigentes y que hacen de Europa un modelo admirado, pero que también suscitan recelos en los enemigos de la libertad y el progreso.

Figuras como Don Juan Carlos reflejan en su biografía el laborioso proceso que culmina en la Unión Europea, y la aportación del europeísmo al fortalecimiento de la democracia española.

‘España es el problema; Europa, la solución’. Estas palabras de José Ortega y Gasset preñadas de clásico pesimismo, serían corregidas por la transición democrática que tuvo en Don Juan Carlos su principal valedor, patrocinador, protagonista y embajador.
España también fue la solución, por más que Europa fuese el destino natural de la democracia española.

Años después de esa fecha, Su Majestad el Rey Don Juan Carlos recogía el Premio Carlomagno en la misma ciudad donde un lejano abuelo suyo era coronado emperador en 1520.

En Aquisgrán, a la sombra del recuerdo de Carlos I de España y V de Alemania, ponía de relieve algo que a estas alturas del siglo XXI puede verse como premonitorio. ‘Las monarquías -señalaba Don Juan Carlos ante los principales mandatarios europeos- han sido artífices de esos grandes cuerpos que son las naciones, como decía Descartes, el avanzado intelectual de la Europa moderna; y si se mira bien, han refrenado y limitado el espíritu devastador e insolidario del nacionalismo’.

Corría el año de 1982 y sólo una década después estallaría en uno de los corazones de Europa un conflicto devastador.

No existe, por fortuna, nada semejante en nuestros días, y sin embargo la insolidaridad fomentada por nacionalismos exacerbados vuelve a poner en peligro el proyecto europeo y ha amenazado la propia democracia española.

En el caso de España, la monarquía constitucional tan justamente ensalzada en el discurso de Aquisgrán no sólo reconcilia a los españoles consigo mismos, sino que supone un freno democrático ante los dos intentos de golpe anticonstitucional que ha sufrido nuestra Patria.

Juan Carlos I y Felipe VI se hacen portavoces, en momentos críticos, de los españoles que queremos vivir una libertad sin ira, por emplear el conocido estribillo de los primeros años de democracia.

Al recoger el Premio Carlomagno, Don Juan Carlos mencionó a un español y gallego que había recibido antes el mismo galardón: Salvador de Madariaga, un liberal que padeció el exilio y se convirtió en pionero de la reconciliación y el europeísmo.

Posteriormente, como saben ustedes, Felipe González y Javier Solana se unirían al elenco de compatriotas distinguidos con uno de los honores más altos de Europa.

Pero antes de dejar Aquisgrán y volver a este antiguo hospital construido por orden de los Reyes Católicos, quiero detenerme brevemente en un pasaje final del discurso europeísta de Su Majestad en esa ciudad fronteriza, un pasaje que sintetiza el gran logro de nuestra transición democrática.

‘Por primera vez en mucho tiempo -cito a Su Majestad- creemos que los españoles pueden sentirse, sin restricciones, amigos’. Lo seguimos siendo. A pesar de los intentos por reproducir las dos Españas que angustiaban a Machado.

A pesar de quienes se sienten incómodos en medio de la fraternidad entre los españoles y entre las comunidades de España, seguimos siendo amigos.

La inmensa mayoría de compatriotas no quiere tirar por la borda lo que hemos conseguido entre todos. A veces contra viento y marea, por seguir con símiles marineros que seguramente agradan a Su Majestad, persiste un deseo compartido de estar juntos y hacer cosas juntos. Un deseo que no se ve alterado por el siempre saludable debate social y político.

Quizá los gallegos antes que los demás españoles, y los españoles antes que el resto de los europeos, hemos aprendido mejor que nadie a conciliar unidad y diversidad.

El Camino de Santiago nos enseña que unidad y diversidad se fortalecen mutuamente. Sin diversidad, la unidad es monotonía. Sin unidad, la diversidad es disgregación.

El Camino nos habitúa a tratar con el diferente, a recibirlo sin rechazo y a aprovechar sus aportaciones.

Los gallegos somos una feliz amalgama, perfectamente simbolizada en esta plaza donde la espiritualidad, la sabiduría, la política y la hospitalidad se dan la mano para recibir al peregrino.

Existen ejemplos en nuestros días de intenciones que fueron buenas en sus inicios, pero que han desembocado en resultados nocivos.

Es importante recuperar un juicio sobre procesos, ideologías y personas que valore inicios y resultados, intenciones y consecuencias. No es aceptable la actitud del que se siente libre de responsabilidades por acontecimientos nefastos que contribuyó a desencadenar.

Es importante proclamarlo cuando estamos en presencia de quien se empeñó en sellar una amistad entre españoles que antes había resultado difícil de lograr.

Por sus intenciones y por sus resultados, Don Juan Carlos ha convertido a la monarquía parlamentaria en una casa común que trae del pasado lo mejor de nuestra historia y que permite otear el futuro sin inquietud.

Siguiendo los pasos de sus antepasados recientes, ha tenido una visión generosa de la institución que no la vincula a un monarca concreto, sino a los valores que atesora.

Majestad, señoras y señores. Galicia lleva en su escudo la corona. Además de representar un legado histórico, los gallegos de hoy también pueden ver en ella el íntimo vínculo entre su autogobierno y la monarquía parlamentaria.

La misma monarquía que impulsa el Camino, hace del gallego una de las primeras lenguas cultas de Europa, o construye este antiguo hospital, apadrina más tarde la Constitución y ampara nuestras instituciones de autogobierno. Gracias a la monarquía parlamentaria, los gallegos dejan de ver pasar la historia para protagonizarla.

Mediante los puentes que Don Juan Carlos construye, los gallegos somos partícipes de la España y de la Europa comunes. Por eso nos sentimos orgullosos de que se convierta en Embajador de Honor del Camino de Santiago, y comparta con nosotros tantos momentos de asueto.

Somos un país de amigos. Un país de firme arboladura que sabe aprovechar el viento a favor.

Felicidades Majestad. Felicidades Embajador vitalicio del Camino. La distinción no es redundante, sino justa y oportuna.